Saturday, May 10, 2008

Alessandro Baricco asegura que "la mutación bárbara nos afecta y atraviesa a todos"

EFE - Barcelona - 22/04/2008 18:07
El escritor italiano Alessandro Baricco, que hoy pronuncia en Barcelona el pregón inaugural del Día del Libro, mantiene en "Los bárbaros" (Anagrama), un análisis-mosaico sobre la nueva civilización que se aproxima, que en estos momentos "la mutación bárbara nos afecta y atraviesa a todos".

Acompañado por el editor Jorge Herralde, el autor del bestseller mundial "Seda" ha explicado en rueda de prensa que su nuevo título es una recopilación de treinta entregas publicadas en el periódico "La Reppublica", entre el 12 de mayo y el 21 de octubre de 2006, con las que intentaba comprender en qué consiste "la mutación que veo a mi alrededor".

Cada cinco o seis días, a un ritmo desaforado para él, aparecía publicado uno de estos artículos. "Me gustaba la idea de escribir un libro delante de todos, registrando las reacciones de la gente de la calle", ha precisado.
Es también, por este motivo, por lo que cree que es un libro "oral y anómalo por su génesis, pensado para un público italiano", puesto que la mayoría de las referencias relacionadas con el vino, el fútbol o la industria del libro que aparecen tienen a su país como protagonista.
Ahora que todos esos escritos aparecen encuadernados y en forma de libro, "podría haber hecho algo más ordenado, más sólido y menos bárbaro, pero hubiera quedado un poco muerto y decidí conservarlo tal cual, sin correcciones, porque lo más importante para mi es la fuerza y la vitalidad".

Ya en el inicio advierte de que ha querido entender lo que está ocurriendo a su alrededor, una especie de declive de la cultura burguesa occidental. "Los bárbaros, aquí están", subraya, y prosigue aseverando que "por regla general, se lucha para controlar los puntos estratégicos del mapa. Pero aquí, de una forma más radical, parece que los agresores están haciendo algo mucho más profundo: están cambiando el mapa".
Debió suceder, a juicio de Baricco, algo parecido durante los días en los que nació la Ilustración, "o en los días en que el mundo entero se descubrió, de repente, romántico. No se trataba de movimientos de tropas ni tampoco de hijos que asesinaran a sus padres. Eran mutantes que sustituían un paisaje por otro, y allí fundaban su hábitat".
Convertido en un fenómeno de ventas hace doce años con una sutil y poética novela, ahora el escritor se convierte en ensayista y realiza una prospección de lo que ocurrirá cuando acabe la mutación bárbara, puesto que ahora "todos vivimos de una forma anfibia entre dos civilizaciones".

Entiende Baricco que lo que quedará de estos cambios "dependerá mucho de nosotros, la generación que queda en medio, los que podemos aportar algunos trozos del viajo mundo, aunque tampoco podemos enrocarnos en él. La responsabilidad de los intelectuales es enorme", ha remarcado.
Justamente, cree que uno de los intelectuales paradigma es Umberto Eco, alguien "a quien debemos conservar, proveniente del viejo mundo, pero que puede dialogar con el nuevo".

En esta nueva civilización, todas las cosas tendrán un valor "si consiguen viajar por diferentes medios", y Google es un emblema que permite entender la cultura como navegación rápida por la superficie.

LEON ALADO







LEON ALADO

Es un hombre taciturno, tranquilo, esquivo, reservado, impasible pero adorable, que nunca gusta de erigirse en protagonista ni aparecer en público. Es un filósofo de la vida y del vino que no hace concesiones a lo inmediato. Casi todo el mundo piensa que le conoce, pero hay muchas facetas de O que se escapan a su imagen pública. Persona enamorada del vino, conocedor de los más grandes del mundo, gran abogado, trabajador e inteligente hombre de negocios, y por supuesto, inconformista incorregible. Siempre lo ha sido y siempre lo será (hay cosas que no se curan).
Es un maestro y máximo representante, de la escuela que propugna unos vinos que nacen con la misión de crecer con el tiempo, donde priman el nervio y la raza, la evolución lenta y el desarrollo aromático pausado y consistente. Para disfrutar de todo ello se debe esperar: sus vinos no muestran casi nunca todo aquello que poseen la primera vez, y el consumidor debe dejarse seducir poco a poco.
La reflexión sobre el terruño es una constante, la búsqueda de la expresión propia de cada parcela, de cada espacio. O piensa que un vino es típico de un lugar concreto cuando la historia lo ha consagrado, da igual si es tradicional o moderno, lo importante es si se ha alcanzado la capacidad técnica para saber extraer todo el potencial de la uva y se consiga consolidar la relación entre el vino y su territorio, entre la cultura y la historia de su zona. Respetado por todos, su vino jamás deja indiferentes a los consumidores, por la diferencia que hay entre ellos y los demas y la personalidad tan acusada que posee SU VINO seguramente es para avezados conocedores. De todos los denominados 'vinos de culto' de Baja California, es sin duda el más elegante. Si hay una palabra que pueda definir este vino es la de “aristócrata”.
¿Artista Amante o artesano?, ¡qué mas da!
Siempre maestro.

Thursday, May 8, 2008

LA SOMBRA DEL VIENTO/ LE SOBRAN LOS LERDOS


LA SOMBRA DEL VIENTO, como todo el mundo sabrá a estas alturas, es el gran éxito literario de estos los últimos años, tanto en ventas (¡nada menos que cincuenta ediciones se han impreso ya!, cosa doblemente meritoria en un país como el nuestro, donde sólo se lee el periódico local (y de él, sólo los titulares) así como las revistas de sociedad y TV novelas imaginenemos pues que elocuente resulta la apreciación del público lector, que no para de decir por doquier que es un libro precioso, lleno de sensibilidad, arte, entretenemiento y de otras cosas que desde EL QUIJOTE mismo no se hallaban tan juntas y en tanta cantidad en un volumen.
De lo que deduzco dos cosas:
1) que haya tantas ediciones de un libro no nada caro demuestra que en muchos paises de habla hispana el dinero se gasta a lo grande cuando se trata de producir basura; 2) que, o yo he leído otro libro, o soy muy ceporra y no encuentro el rico venero de amenidades que de tan magna obra mana, o que la gente tiene el gusto estragado de tanto leer a John Grisham el Secreto, El código, El éxito inmediato etc, etc.

Porque LA SOMBRA DEL VIENTO es uno de los mayores bodrios que me he podido echar a los ojos, tan malo que al terminar de leerlo -por pura fuerza de voluntad- no sabía si quemar el libro o arrancarme los ojos con el canto de las tapas de tan malo que es.

1. Ambientación y cronología.

La novela está ambientada en la Barcelona de posguerra, si entendemos posguerra de un modo laxo, ya que la novela abarca nada menos que veinte años, con un prólogo que transcurre a finales de los años 40, un cuepro central que transcurre casi íntegro en el año 54, y un par de epílogos en el año 1955 y 1965 respectivamente. Dos décadas en que la ciudad no cambia porque no se la ve, una ciudad de la que sólo existen un par de calles y el Tibidabo.

Tal vez ello se deba a que el autor, aunque barcelonés, lleva muchos años residiendo en el extranjero y no recuerde bien la ciudad, aunque tampoco debe ser demasiado difícil usar un callejero online, digo yo.

Por si ello fuera poco, comete flagrantes errores (como decir que Bogotá es la capital de Venezuela) y anacronismos (en varios foros de Internet se le reprocha que use los nombres modernos de varias calles que en la época de la novela llevaban nombres distintos); entre ellos los más destacables son: 1) que varios personajes hablen en 1954 sobre la salud del camarada Stalin (sí, en la España de Franco, pero ya volveré más adelante sobre ello)... que había fallecido un año antes, en 1953; 2) que Daniel Sempere y Fermín Romero de Torres vayan al cine en 1954 a ver una película de Carole Lombard, actriz fallecida en accidente aéreo 12 años antes; 3) que Fermín se pase la novela (que transcurre en los años 1954-1955) chupeteando caramelos Sugus, una marca que no llegó a España hasta 1961, 4) que en ese mismo año haya tiendas que venden televisores Telefunken, cuando Prado del Rey no comienza a emitir hasta 1956, y la cobertura televisiva no comienza a traspasar los límites de Madrid hasta 1959, 5) o que en uno de los (varios) epílogos, en un banquete nupcial que transcurre en 1955 nadie se sorprenda de que un sacerdote se achispe a base de licor debido al "nuevo clima del concilio en ciernes", refiriéndose sin duda al Concilio Vaticano II, el cual se anunció en... 1959, y cuya primera sesión comenzó en 1962 (y yo juraría que en el Concilio Vaticano no se refrenda la dipsomanía clerical, aunque tal vez el autor esté mejor informado que yo sobre ese extremo).

2. Personajes.

En la caracterización de personajes, así como en el argumento, es donde esta novela, esta obra maestra, este espejo y ejemplo de la moderna novelística, este culmen de la hispana literatura comienza a hundirse más rápido que un "Titanic" cargado de plomo.

Los tipos que deambulan por la obra (y nunca mejor dicho, porque no hacen más que irse tropezando de casualidad los unos con los otros) son peleles incoherentes, sin una personalidad definida, que sólo sirven para justificar tal o cual giro abracadabrante de guión. Comenzamos por el protagonista, Daniel Sempere, que nos cuenta la historia en primera persona, y boto a bríos si he visto alguna vez algún protagonista más antipático, vano y voluble que éste protagonista, que una cosa es que el protagonista sea un despojo (véanse los memorables LAZARILLO DE TORMES o BARRY LINDON), y otra cosa es que encima pretenda el autor que le riamos la gracia.

Sempere hijo (porque es hijo de otro Sempere, cosa que suele ocurrir a todos los Semperes que en el mundo han sido) es un niñato al que su padre lleva a un lugar oculto llamado El Cementerio de los los Libros Olvidados, que viene a ser una mala mezcla entre La Pedrera de Gaudí, la Biblioteca de Babel de Borges, y la Abadía alpina de Umberto Eco. Su padre, como buen padre, le dice que éste es un lugar secreto, y menos mal que se lo dice, porque lo siguiente que hará "Semperito, el buen hijito" será enseñársela a su primera novia, para ver si hay suerte y cae polvete, que otra cosa no, pero Daniel Sempere, aparte de un tiralevitas y un hipócrita que se dedica a dejar tirados a sus amigos a la primera de cambio (aunque luego llore mucho y se arrepienta), es un rijoso.

Hago una pausa para hacer notar que, si usted quiere ser personaje de Carlos Ruiz Zafón, debe tener alguna perversión sexual, o ser un obseso, o darle al manubrio que es un primor, o follar a todas horas con todo quisqui, porque en esta novela todos, TODOS los personajes se caracterizan, única y fundamentalmente, por sus preferencias a la hora de dedicarse al ayuntamiento carnal. Así, hay chachas lujuriosas, cieguitas lujuriosas, pijas lujuriosas e incestuosas, un protagonista lujurioso, un sidekick cómico lujurioso, un relojero invertido y lujurioso, etc... los únicos que no son lujuriosos en esta novela son el padre del protagonista (porque es un viudito devoto de la memoria de su parienta difunta) y el villano, porque se dedica a torturar detenidos muy a su sabor (o sea, que le gusta el sadismo, así que también cae dentro de la rijosidad generalizada).Volviendo a Daniel Sempere, es un rijoso que además le tira los tejos a cualquier mujer que se le acerque, comenzando por su temprano amor por la ciega Clara (la cual terminará la novela abandonada y envejecida, porque cometió el pecado de follarse a otro y no hacer caso de Daniel Sempere... y recordemos que Sempere es la voz que nos cuenta toda la trama), aunque este amor no es correspondido, entre otras cosas porque Sempere tiene 12 años y Clara roza ya la veintena, pero ya se sabe, que qué mala es esa veinteañera, que no le hace un favor a un crío de 12, y sin embargo prefiere a uno de su propia edad (y como corresponde a toda buena historia de amor estúpidamente adolescente, el novio de la ciega es guapo, tonto y chuloputas), continuando porque lo primero que hace al conocer a Nuria Monfort (de la que primero nos dice que es una cuarentona con el pelo prematuramente encanecido, ajada por la vida dura, y una página después resulta que todavía es bella, rozagante y hermosa) es intentar besarla en la boca (se ve que al tal Sempere le van maduritas), o rematando con su romance con Bea, la hermana de su mejor amigo (al cual no ve desde los 12 hasta los 17 años... ¡5 años sin verlo ni preocuparse por él! Y menos mal que es su mejor amigo...). Total, para al final echar un sólo polvo mal echado en toda la novela.El segundo personaje (en importancia) es Fermín Romero de Torres (un mendigo que huye de la policía y se esconde mediante el siempre sagacísimo procedimiento de usar como seudónimos nombres de pintores o toreros), mendigo que es promovido por Sempere hijo de mendicante a colaborador librero y bibliófilo de pro.

¿Por qué? Porque, a los ojos de Daniel Sempere, dormir a la intemperie, beber vino barato (a todo esto, el vino lo bebe como los mendigos de las películas yanquis, de una botella envuelta en papel de estraza) y tener mugre, ronchas y pústulas por todo el cuerpo son señales de supina sabiduría paleográfica. Y gracias a ello, podemos solazarnos en sus interminables parlamentos (porque vociferar durante toda la novela, y expresarse en frases retorcidísimas, alambicadas e inconexas es otro sagacísimo método para despistar a la malvada policía), y ver cómo de vez en cuando sufre raptos de locura furiosa por las pesadillas que le provocan las torturas sufridas en el pasado por el malvado de la novela, el inspector Fumero (el por qué lo tortura, y por qué tanta enemistad le guarda que lo sigue por doquier, nunca se sabrá). Esto último debe ser para que le cojamos cariño al orate rematado de Fermín y vayamos acumulando odio hacia el tal Fumero, más que nada porque raptos de locura sólo le da uno en toda la novela, y bastante al principio, y de ahí en adelante no le vuelve a dar ningún telele ni nada que se le parezca.

El resto de los personajes no dejan de ser episódicas comparsas que están dispuestos estratégicamente para hacer avanzar la novela a trompicones. Sempere padre sólo aparece para esperar a su hijo cuando éste vuelve a altas horas de la madrugada, el cual siempre lo encuentra dormido en un butacón (un padre roncando y babeando sobre la guata del sofá, qué tierna escena familiar), o para suspirar de vez en cuando pensando en la madre muerta, en lugar de ejercer el oficio de padre y darle unas hostias al malcriado de su retoño; Clara, la cieguita lasciva, desaparece después de los primeros capítulos de la novela, y no vuelve a aparecer hasta el final, en un ajuste de cuentas innecesario y gratuito, en la que se contrasta su infelicidad presente con la dicha que embarga a Daniel Sempere; del padre de la misma y de su novio (del de ella, no del padre) nada se sabe durante todo el rato (el padre de Clara, después de 300 páginas de dolce far niente, aparece para dar un providencial refugio y cuidados a Daniel y a Fermín, porque en la España de los años 40 bastaba con decir que te perseguía la Brigada de lo Político-Social para que miles de manos desconocidas se tendieran para darte ayuda y cobijo); Fumero es la versión cazallera de un Fu-Manchú de medio pelo (tortura y planea complicados y retorcidos planes para alcanzar sus fines, por más que, como luego veremos, al ser español, eso de planear no se le da muy bien), y así todos y cada uno de los personajes. Sólo sirven para dar información a Daniel Sempere y desaparecer poco después.

3. Estilo.

El estilo de Carlos Ruiz Zafón es, como se dice ahora "sencillo y directo", lo que traducido en cristiana lengua significa que sabe veinte palabras, diez verbos, y sus textos son simples variables combinatorias entre los mismos.

Hay quien se llena la boca hablando de "las audaces metáforas de Carlos Ruiz Zafón", y ello sería cierto si no fuera por dos pequeños detalles:

1) que usa las metáforas sólo para describir fenómenos meteorológicos o atmosféricos (lluvia, niebla, los rayos del sol...)

y 2) que todas sus metáforas son del jaez de "Un vapor de cobre se elevaba de las calles" (la niebla), "Hilos de cobre se colaban por las rendijas de la ventana" (rayos del sol), "en hilos cobrizos se deshacían las nubes" (la lluvia), y así todo es de cobre, cobrizo, cúprico o de cupro-níquel, de tal manera que no parece sino que el señor Ruiz Zafón lo ve todo a traves de una moneda de peseta de las antiguas. Fuera de estas veleidades más propias del METEOSAT que de un escritor digno, ningún rasgo de estilo hay. Tal vez un abuso de la frase corta y del párrafo minúsculo, vicio sin duda heredado de su profesión como guionista de televisión en E.E.U.U. (modestamente, Zafón indica que de sus guiones sólo salvaría unos tres o cuatro, y que el resto le parecen muy malos.

No se preocupe, señor Zafón, yo le aseguro que incluso ellos no podrán ser peores que su novela), y ello hace que buena parte del libro parezca más un bosquejo de guión, con acotaciones al estilo "Entra Fulano" o "Se va Mengano", que un texto retóricamente trabado.

Así mismo, tiene graves fallos de modalización en la voz narradora. Veamos, la novela la narra Daniel Sempere en primera persona, y en ello no hay ningún problema... hasta que en la novela se empiezan a intercalar los relatos sobre la vida de Julián. Entonces, la novela pasa a estar narrada en tercera persona (es decir, el narrador está fuera de la historia). Pase que el autor nos crea tan lerdos que esas historias insertas nos las añada en cursiva, no vaya a ser que no nos enteremos de que es una historia contada por un personaje secundario, pero que en esas historias se incluyan acontecimientos que dichos personajes NO HAN PODIDO conocer, es decir, que siendo narradores testigos se comporten como narradores omniscientes, eso tiene un sólo nombre: chapuza.Y para rematarla, la historia más larga de éstas, las memorias de Nuria Monfort, no se sabe por qué motivo, están contadas en primera persona y sin usar las cursivas. ¿Tal vez porque forman capítulo aparte? No deja de ser una incoherencia grave con el estilo gráfico y modal adoptado por el autor para testimonios anteriores.

Añádase que las antedichas memorias llegan a contar sucesos acaecidos en el año 1955, cuando Nuria muere (y Daniel las lee) en 1954, y está todo dicho.4. Argumento y trama.Sempere Sr. lleva a Sempere Jr. al Cementerio de los Libros Olvidados como rito iniciático. Resulta que el tal cementerio es un reducto secretísimo y misteriosísimo mantenido por la desconocida secta de "Los libreros de viejo" (que como todo el mundo sabe, se reúnen nocturnales como murciélagos o carbonarios), y en la que almacenan todos los libros olvidados de los lectores y las imprentas para que no se pierdan (imagínense la de libros de César Vidal, Pío Moa o Ana Rosa Quintana que irá a parar allí con el correr de los años). De lo cual se deduce que los libros buenos los venden; de lo que se deduce que en ese edificio sólo guardan ejemplares de José Luis Martin Vigil, Jose María Gironella o Azorín; de lo que se sigue que en la España de posguerra los libreros de viejo nadaban en oro para poder mantener un edificio completo dedicado a guardar tomitos que nadie quiere; de lo que se concluye que para el autor, los libreros son a la sociedad lo que SPECTRA a James Bond.El rito iniciático obliga a que Jr. escoja un libro, así al azar, como regalo, y que debe ser suyo, personal e intransferible, y debe mimarlo y quererlo como a los amigos que no mantiene o la novia que le falta. Por supuesto, que para qué leches darle tiempo a mirar las baldas, sino obligarle a que escoja a la carrera, que seguro que el azar le deparará un libro hermoso y digno de su aprecio. Y Sempere hijo da con LA SOMBRA DEL VIENTO, libro escrito por Julian Carax (¿han visto?, el libro dentro de sí mismo, ¡qué modernidad, qué artificio!... lástima que Cervantes y Mateo Alemán se le adelantaran a Carlos Ruiz Zafón por cinco siglos). Reconozco que ahí Daniel Sempere tiene suerte, porque bien pudiera haber dado con EL PERIQUILLO SARNIENTO, de Fernández de Lizardi, o el DON JUAN, de Zorrilla, torturas las más crueles que un ser humano puede soportar.Daniel Sempere hijo se queda fascinado por el libro, y decide buscar más libros del mismo autor, para darse de bruces con un misterio gordo gordísimo, y es que Julián Carax escribió poco, se vendió mal y se conservó peor, y por tanto es dificilísimo hallar ejemplares suyos. Y aquí se acaba la (poca) lógica del argumento y comienzan los dislates.

Para empezar, El Cementerio de los Libros Olvidados, que es un sitio secretísimo (recordemos) está guardada por un anciano encorvado que además le abre la puerta al primero que llama (Daniel Sempere entra sin problemas con su novia, y más adelante, en la novela, ésta vuelve al mismo sitio para saber si Daniel anda por ahí), así que para qué tanto rito y misterio y nocturnidad y alharacas. En dicho edificio los libreros guardan lo mismo libros justamente olvidados de la historia que incunables y primeras ediciones (si ellos mismos no venden los bocados más suculentos para sus negocios, ¿de qué viven? ¿del contrabando?). La novela (y todas las demás de Julián Carax) atrapan inmediatamente a quien las lee, provocándole una suerte de epifanía, y sin embargo, apenas se venden (se ve que, o se tiene vida social, o se lee a Julián Carax, pero ambas condiciones no pueden darse en una misma persona); Sempere padre exhorta a su hijo Daniel a que cuide ese libro y no lo pierda de vista nunca... y lo primero que hace Daniel es leérselo a la ciega Clara y después regalárselo al padre de ella, en el primero de sus brillantes juegos de lógica que tanta coherencia aportan al desarrollo de la novela. Clara, como ya se ha dicho, pasa de Daniel y da en refocilarse con su señor profesor de música (que tiene la misma edad que ella), aunque jamás tocará bien el piano (siempre es difícil enseñar a una ciega a seguir partituras, sobre todo porque la ONCE tiene la desconsideración de no existir por aquellas fechas). Hay lío, el novio de la ciega cruje a bofetadas a Sempere junior, el cual sale a la calle malherido y bien baqueteado, traba conocimiento con un mendigo mugroso, y lo convierte en ayudante de la librería de su padre. Entre medias hay un señor llamado Laín Coubert, que tiene la cara quemada, que quiere comprarle el libro a Daniel, y él se niega, aunque no haya tenido reparos en regalárselo a un librero rival (el padre de Clara) que babea por el dicho libro, a lo que el tal Coubert miró al soslayo, fuese y no hubo nada. Este fair play de Coubert es tanto más notorio teniendo en cuenta que lo que pretende es quemar los libros de Julián Carax, y que en el pasado no tuvo reparos en quemar un almacén entero de libros, llevando a la ruina a una editorial, de paso. Pero se ve que Daniel lo pilla en el día bueno y éste, en lugar de chamuscar a Clara y compañía, se limita a desaparecer entre las sombras como El Fantasma de la Ópera (del cual Coubert copia el spleen y la estética). Fin del prólogo.

El nudo de la novela ocupa la mayor extensión de la misma, y transcurre entre los años 53 y, sobre todo, 54. Daniel ya tiene 17 años, y ahora sabemos que tiene un gran amigo desde la infancia (al que no ve desde antes del prólogo, en el que tenía 12... amistad probada, sin duda) y éste amigo tiene una hermana, a la que Daniel no soporta. Nuestro protagonista está decidido a saber más cosas de Julián Carax, con la inestimable ayuda del discretísimo Fermín. Como no tiene ni repajolera idea de por dónde empezar, decide preguntarle a Isaac, el portero del Cementerio ya que, según el brillante razonamiento de Daniel, todo portero de biblioteca se sabe al dedillo todas las referencias biobibliográficas de TODOS los autores almacenados, que es como decir que un ordenanza de la NASA es un experto en tecnología de satélites. Y, ¡oh, casualidad abracadabrante!, resulta que la hija de Isaac, Nuria Monfort, trabajaba en la editorial que publicaba a Carax y además era una mezcla de amiga/agente literaria del mismo. Tan sólo está el problema de que Nuria no se habla con su padre, y por eso Daniel, brillante estratega, lo primero que hace es irse a casa de la Nurieta (porque el padre y ella no se hablan desde hace años, pero ello no impide que él sepa su dirección) y decir que viene de parte del mismo. Y Nuria, como hace todo el mundo que recibe recomendados de parte de alguien a quien odia, decide darle toda la información que tiene. ¡A eso se le llama llegar y besar el santo! Daniel interroga a Nuria Monfort (e intante tirarse el lance con ella porque, según parece creer Daniel Sempere, si una mujer habla con él bien puede también acostarse con él, en otro destello de su brillante inteligencia). Nuria le da la dirección del padre de Julián Carax (y de paso nos dice que su marido está en la cárcel y tal y pascual, y qué dura es la posguerra para una mujer sola y desamparada en la vida, aunque está avejentada y hermosa al mismo tiempo, no trabaja y nunca ha dejado de ser pobre pero tiene dinero para mantenerse... ¿ustedes lo entienden? Yo tampoco)Daniel, que en toda la novela no deja de definirse como un pobre diablo ni muy guapo ni muy listo (de lo primero no hay constancia, pero de lo segundo ya nos va dejando sobradas pruebas) desarrolla de repente un encanto apabullante que lo lleva a engatusar a una portera para que le deje ver el piso vacío y abandonado de la familia Carax (recordemos, un piso abandonado cuando en los años 40 la falta de vivienda ahogaba a muchas familias españolas). Eso sí, esta vez Sempere Jr. no asalta sexualmente a la portera, cosa que la sensibilidad de los lectores agradece. De aquí pasa a un bufete de abogados, o mejor dicho, de abogado, porque sólo hay uno, a medio arruinar, y que, cómo no, entre col y col, lechuga, es decir, que de paso que proporciona información sobre la familia Carax divaga sobre las salutíferas propiedades del cotidiano folleteo -previo pago- con fembras placenteras.

Ésta es la mecánica narrativa que se repetirá durante toda la novela: Daniel Sempere encuentra a un testigo que le cuenta muchas cosas, y le remite a otro, que le cuenta otras muchas, que le remite a otro, que le cuenta muchas cosas, y le remite a otro que... Quiere la buena fortuna que, a pesar de que la historia de Carax transcurra en los albores de la Guerra Civil, y varios de los implicados pudiesen pasar por rojos, todos viven sin problemas en Barcelona y a pocas calles de distancia entre sí. Si tenemos en cuenta que al villano, inspector Fumero, se le describe como alguien que lleva años intentando vengarse de Julián Carax y de sus amigos, que planifica sus actos con la meticulosidad de un jugador de ajedrez, y que "tiende su tela como una araña" y luego esperar a que su presa caiga, no se explica que lleve 15 años in albis y que venga un crío de 17 y descubra todo el pastel... a no ser que la treta de Fumero (treta muy hispana) sea sentarse a esperar que venga un bobo y haga todo el trabajo (y si para eso hace falta esperar quince años, pues se espera, que para algo el villano es funcionario público).Según vamos conociendo la vida de Julián Carax (a quien se nos muestra como alguien dotado de un gran magnetismo personal, aunque jamás se nos dice por qué) más se despeña la novela por el escarpado terreno del folletín barato. Hijo ilegítimo, rechazado y maltratado por su padre putativo (quien, de modo doblemente inexplicable, no sólo repudia a su mujer por su embarazo extramatrimonial cuando YA SABÍA al contraer matrimonio que ella estaba embarazada y no de él, sino que, años después de haberle perdido la pista a ese hijo del pecado, se vuelve súbitamente padre amantísimo y bondadoso que ayuda a Nuria Monfort por ser amiga de ese retoño a quien tanto mal hizo y al que tanto añorará después), Carax es apadrinado por un rico industrial, al que divierte el "desparpajo" del chicuelo (por más que ese desparpajo consista en ser un criajo maleducado), y a resultas de tan inopinado padrinazgo es admitido en un colegio de gente bien. Allí hara varios amigos (tres, en concreto), de los cuales dos le ayudarán durante toda su vida (sin que Carax jamás haga nada por corresponderles la amistad en igual medida), se enemistará con otro y se ganará el odio mortal de un cuarto camarada, el tal Fumero. ¿Y cual es la tragedia de Carax? Que se enamora de la hija del rico industrial, hermana de uno de sus amigos a la que, cómo no, se lleva al catre (porque en esta novela todo el mundo tiene las hormonas revolucionadas), ganándose la enemistad del rico empresario, que resulta que era su padre biológico; la de su tercer amigo, que es hijo del empresario y por tanto viene a ser hermanastro y cuñado de Carax; y el odio mortal de Fumero, enamorado de la susodicha niña, más que nada porque parece ser la única mujer que en vida ha conocido el tal inspector. La chica queda embarazada, el padre la encierra, el hermano se amohína, Julián se larga a París y Fumero mata a sus propios padres (porque es muy malo).Todo esto se entrevera con la propia vida sentimental de Daniel Sempere, el cual decide enamorarse de la hermana que odia de aquel amigo del alma al que nunca ve. Esa hermana, Bea, que tampoco traga a Daniel Sempere, se reencuentra con él pasados varios años y, aunque él se muestra igual de grosero que en el pasado, ella parece decidir de repente que es el hombre de su vida y así no pasará más de un día y ella ya le está confesando a Daniel que "te amo, te adoro y te compro un loro". Bien es cierto que puestos a escoger, no hay comparación entre ayuntarse con Daniel y quedarse en Barcelona, o irse con su novio alférez a vivir a El Ferrol del Caudillo (que en la novela todavía se llama Ferrol a secas, como en los dichosos tiempos de la República), aunque sea el novio de muy buena familia (porque en España siempre fue particularmente apreciado el rancio abolengo de la nobleza ferrolana, que nunca hubo, dicho sea de paso). Daniel la conquistará por el siempre efectivo procedimiento de invitarla a tomar café con patatas bravas (combinación que llenaría de espanto a Ferrán Adriá) y llevándola al Cementerio de los Libros Olvidados, que a este paso va a recibir más visitas al año que el Museo del Prado. Casualmente, la antigua casa del amor juvenil de Julián Carax es propiedad del padre de Bea, y ésta la usa como casa de citas para dedicarse al carnal trato con sus amantes ocasionales (todos sabemos que la española media de 1940 estaba muy liberada sexualmente). Como de esos polvos vienen estos lodos, Bea también queda embarazada, su padre la encierra, el hermano se amohína y Fumero sigue dando la tabarra de fondo.¿Se fijan qué analogías entre la historia de Daniel y Julián? Pues no las hay, porque quitando la desafortunada tendencia a pegar el braguetazo de ambos, Daniel no es odiado por su padre, ni Carax es huérfano de madre, ni Daniel va a colegio de pago, ni Carax es librero, ni Daniel escritor, ni éste se tiene que fugar a París, y, sobre todo, Daniel no ha preñado a su hermana, y su problema con el padre de Bea no va más allá de un desflore no bien recibido.Entremedias, Fumero decide matar a Nuria Monfort, quien ha aprovechado para escribir en apenas dos días unas memorias que tienen en torno a 100 páginas de extensión (si es que el estar desocupada da para mucho); de hecho, dan para tanto que Nuria Monfort muere asesinada en 1954 a manos de Fumero, pero las memorias, que redondean y rematan la historia de Julián Carax, llegan a contar sucesos acaecidos en... ¡1955! Julián, aposentado en París (Francia), amortigua la añoranza tocando el piano en un prostíbulo parisino (nada mejor que llorar por la amada rodeado de furcias en deshabillé). Mientras, en Barcelona (España), su hermanastra embarazada y su hijo mueren durante el parto, el padre y al mismo tiempo suegro de Julián entierra a la hija y al bebé en el sótano, supuestamente para no dar a conocer el escándalo, pero sin embargo ordena crear toda una tumba de granito en dicha dependencia, que a todo esto también servía de bodega.

Ya estoy viendo la escena:

Criado: ¿El Señor tomará vino con la cena?

Señor: Tomaré un Chateau Nablis del 21.

Criado: ¿El que está en la quinta botillería a la derecha de la tumba secreta de su hija?

Señor: Ése mismo.

De paso, aprovechamos para saber que Nuria Monfort viaja a París para llegar a un acuerdo de publicación con Julián (el que nunca vende un libro pero al que nunca le falta quien le publique algo), se beneficia repetidas veces al sufrido apátrida, vuelve a España y se entera de que las ediciones de Julián las sufraga Miquel Monfort, amigo de la infancia de Carax y que se siente muy culpable no se sabe bien de qué, y que le publica a modo de desagravio (¿tan malas son las novelas que el darlas a conocer sirve de penitencia?), y entre libro y libro conoce los placeres de la carne en brazos de Nuria y se casan. Julián vuelve a España (porque en la España de los años 40 un español exiliado por razones poco claras y buscado por la policía cruzaba la frontera sin problemas y sin despertar la menor sospecha). Posteriormente Miquel se sacrificará en pro de su amigo Julián Carax, al empeñarse en un tiroteo con la policía con la documentación de su amigo encima, para que cuando muera acribillado crean que quien ha muerto es Julián. Este Miquel, parejo a Daniel Sempere en inteligencia, no parece caer en la cuenta de que Fumero, ya hecho inspector, fue amigo de infancia de ambos y los conoce perfectamente, así que el camelo no cuela. A cambio, Carax, como buen amigo que es, pasa a ocupar su identidad, vivir de incógnito en su piso, y dejarse querer por Nuria. ¡Olé la amistad bien entendida! Fumero, mientras tanto, que se muere de ganas de matar a Julián, sabe que a) Nuria Monfort y su marido han dado refugio a Julián al volver éste a España; b) que el Julián enterrado no es tal, sino Miquel Monfort, c) que Nuria sigue viviendo en su piso con alguien que dice ser su marido muerto, d) que Nuria propala a los cuatro vientos que su marido está en la cárcel. Y sin embargo se queda quieto durante una década y media a ver si viene un tal Daniel Sempere y le desembrolla el enigma. ¿Y éste es el estratega? ¿Ésta es la araña que tiende su tela? ¡El temible Fumero es un ceporro, más tonto que Abundio, el que fue a la vendimia y se llevó uvas para merendar!Julián Carax no tarda en enterarse del destino aciago de su amada, aunque, caritativamente, nadie le dice que la muerta más que novia, era hermana, y así, imbuyéndose de un autodesprecio súbito decide castigarsea sí mismo dedicándose a buscar y quemar todos los ejemplares de sus libros. Lo primero que hace es prenderle fuego al almacén de la editorial donde trabaja Nuria Monfort, haciendo quebrar la empresa, desempleando a Nuria y desfigurándose él la cara en el proceso (la influencia de la lógica formal Semperil es patente). Sí, lo han adivinado, Laín Coubert es Julián Carax.¡TRAS QUINIENTAS PÁGINAS, LLEGA EL TREMEBUNDO DESENLACE! En el abandonado palacete de los Aldaya (la familia destrozada por Julián) se refugia Bea, embarazada, Daniel va a buscarla; Julián Carax anda por ahí, no se sabe muy bien por qué, y Fumero llega a continuación, súbitamente inspirado por el Espíritu Santo sobre el paradero de Julián. Como es el desenlace, y es dramático, es de noche, y hay lluvia, y tormenta, y rayos. Fumero hiere a Daniel de un disparo. De repente aparece Julián Carax, que entretanto se ha convertido en Hulk (¡Julián destrozar! ¡Julian romper!), le aplasta la cabeza a uno de los policías que acompaña a Fumero, coje a éste, lo levanta en vilo, lo lanza por los aires y... ¡lo ensarta en el brazo extendido de un ángel de piedra que adornaba el jardín! (y que levante la mano a quien esta muerte le recuerde la del cura en BRAINDEAD). Bea llora mucho sobre Daniel, y Julián desaparece en las sombras mientras musita: "Llamadme... Darkman... digo, Carax."Daniel se recupera, se casa con Bea, tienen una vida feliz, tienen hijos y nietos, y en 1975 un anciano Daniel lleva a su nieto a el Cementerio de los Libros Olvidados... Claro que, si Daniel tiene 17 años en 1954, se casa en 1955 con dieciocho, en 1975 tiene 38 años... así que difícilmente va a ser abuelo de nada...Con este último disparate, finaliza LA SOMBRA DEL VIENTO.
Gracias por inventar eso de...Le sobran los lerdos! y por ser tan buen analista literario, por eso no dude en compartirlo aqui.

Wednesday, May 7, 2008

'Los bárbaros'


'Los bárbaros'
Alessandro Baricco

Este libro conforma un auténtico «ensayo por entregas» dedicado a la presencia de los nuevos bárbaros en nuestra sociedad. Como su ensayo Next, dedicado a la globalización, el autor afronta con inusual perspicacia y amenidad la existencia de quienes han contribuido al declive de la cultura burguesa occidental, que, sumida en una honda crisis de valores, se desintegra inexorablemente. Ante este acontecimiento, se alzan numerosas voces apocalípticas en nuestros días, voces de protesta que se niegan a intentar comprenderlo. Tal es precisamente el propósito último de Baricco: la elaboración de un análisis-mosaico que va más allá de la mera dicotomía clásica entre civilización y barbarie.

Tras visitar tres ámbitos particulares (el vino, el fútbol y la industria del libro, aldeas saqueadas que ejemplifican cómo libran sus batallas los nuevos bárbaros), el autor se detiene en Google, un avance tecnológico que, más que un símbolo, es el campamento o palacio de los bárbaros, ya que refleja su forma de entender la cultura como navegación rápida por la superficie, como búsqueda de espectacularidad... En cambio, el alma burguesa, tan bien representada por la obra de Ingres o Beethoven (pero también por las catástrofes del siglo XX), aboga por una cultura del esfuerzo que choca con el ansia de experiencias veloces que buscan los bárbaros.
En su brillante epílogo, la Gran Muralla china sirve para delimitar el proceso en el que nos encontramos: todo muro, real o imaginario, se levanta no tanto para contener como para trazar las diferencias entre identidades opuestas, sin percatarse de que, como en otras ocasiones de la historia, los bárbaros ya están aquí, no por haber llegado desde ninguna lejana frontera, sino porque son una mutación en el proceso de desarrollo de nuestra propia sociedad.

Un ensayo que no dejará a nadie indiferente: nos obliga a cuestionarnos qué lugar ocupamos en esa mutación. Así ha ocurrido en Italia, donde sus tesis se discuten acaloradamente, en especial en Internet.

Saqueos. Vino 1
Los bárbaros llegan de todas partes. Y esto es algo que nos confunde un poco, porque no podemos aprehender la unidad del asunto, una imagen coherente de la invasión en su globalidad. Uno se pone a discutir acerca de las grandes librerías, de los fast food, de los reality shows, de la política en televisión, de los chicos que no leen y de un montón de cosas de este tipo, pero lo que no conseguimos hacer es mirar desde arriba y captar la figura que las innumerables aldeas saqueadas dibujan sobre la superficie del mundo. Vemos los saqueos, pero no conseguimos ver la invasión. Ni, en consecuencia, comprenderla.

Creedme: desde arriba es desde donde tendríamos que mirar.
Desde arriba es desde donde, tal vez, pueda reconocerse la mutación genética, es decir, los movimientos profundos que más tarde, en la superficie, crean los desperfectos que conocemos. Voy a intentar hacerlo tratando de aislar algunos de los movimientos que me parece que son comunes a muchos de los actos bárbaros que observamos en estos tiempos. Movimientos que aluden a una lógica precisa, por difícil que sea descubrirla, y a una estrategia clara, por inédita que sea. Me gustaría estudiar los saqueos no tanto para explicar cómo han ocurrido y qué se puede hacer para retirarse de pie, sino para llegar a leer dentro de ellos el modo de pensar de los bárbaros. Y me gustaría estudiar a los mutantes con branquias para ver, reflejada en ellos, el agua con la que sueñan y que están buscando.

Empecemos partiendo de una impresión, bastante difundida, que tal vez sea hasta superficial, pero legítima: existen hoy en día muchos gestos, pertenecientes a las costumbres más elevadas de la humanidad, que, lejos de agonizar, se multiplican con sorprendente vitalidad: el problema es que en este fértil regenerarse parecen ir perdiendo el rasgo más profundo que tenían, la riqueza a la que habían llegado en el pasado, tal vez incluso su más íntima razón de ser. Se diría que viven prescindiendo de su sentido: el que tenían, y bien definido, pero que parece haberse convertido en algo inútil. Una pérdida de sentido.

No tienen alma los mutantes. No la tienen los bárbaros. Es lo que se dice. Es lo que declara el sheriff de Cormac McCarthy, pensando en su killer. «¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma?»
¿Os apetece estudiar el asunto más de cerca? He elegido tres ámbitos específicos en los que este fenómeno parece haberse manifestado en los últimos años: el vino, el fútbol y los libros. Me doy cuenta de que, sobre todo en los dos primeros casos, no nos encontramos frente a gestos neurálgicos de nuestra civilización: pero es esto precisamente lo que me atrae: estudiar a los bárbaros en el saqueo de aldeas periféricas, no en su asalto a la capital. Es posible que ahí, donde la batalla es más simple, circunscrita, sea más fácil discernir la estrategia de la invasión, y los movimientos fundacionales de la mutación.

Comencemos, pues, con el vino. Ya sé que quien sabe de vinos va a encontrar aquí cosas que ya conoce y que, por el contrario, quien no bebe se preguntará por qué tendría que interesarse por algo que no le importa lo más mínimo. Pero, de todas formas, vale la pena analizarlo.

Ésta es la historia. Durante años el vino ha sido un hábito de algunos países, de pocos: era una bebida con la que uno saciaba su sed y con la que se alimentaba. Tenía un uso extendidísimo y unas estadísticas de consumo impresionantes. Producían ríos de vinito de mesa y también, por pasión y por cultura, se dedicaban al arte verdadero y auténtico: era entonces cuando se hacían los grandes vinos. Lo hacían, casi exclusivamente, franceses e italianos. En el resto del mundo, hay que recordarlo, se bebían otras cosas: cerveza, bebidas de alta graduación e incluso cosas más raras. Del vino no sabían nada.
Esto es lo que sucedió después de la Segunda Guerra Mundial: los americanos que regresaron desde los campos de batalla franceses e italianos se llevaron para casa (aparte de un montón de cosas más) el placer y el recuerdo del vino. Era algo que les había impresionado. Los Europeos empezaron a mascar chicle y ellos empezaron a tomar vino. Mejor dicho, les habría gustado beberlo.
Pero ¿dónde iban a encontrarlo?....
en otra entrega hablare con mas profundidad de este circo mundial que
han provocado los norteamericanos con respecto al vino o mejor dicho
con su vino Vino Hollywoodense!
Napa Valley icon Robert Mondavi, Parker y sus "calificaciones", espectacularidad inmediata en el paladar, etc, etc
de todo eso habla el libro y lo traspasare a este blog.

Wednesday, January 30, 2008

Lista de los 100

Los cien elegidos de Bloom:
1.-Dante Alighieri
2.- Jane Austen
3.- Isaac Bábel
4.-Honoré de Balzac
5.-Charles Baudelaire
6.-Samuel Beckett
7.-William Blake
8.-Jorge Luis Borges
9.-James Boswell
10.-Charlotte Brontë


11.-Emily Jane Brontë
12.-Robert Browning
13.-Italo Calvino
14.- Alejo Carpentier
15.-Lewis Carroll
16.-Willa Cather
17.-Paul Celan
18.-Luis Cernuda
19.-Miguel de Cervantes
20.-Hart Crane


21.-Geoffrey Chaucer
22.-Anton Chéjov
23.-Charles Dickens
24.- Emily Dickinson
25.-John Donne
26.-Fiodor Dostoievski
27.-José María Ea de Queiroz
28.-George Eliot
29.-T. S. Eliot
30.-Ralph Ellison


31.-El Yavista
32.-Ralph Waldo Emerson
33.- William Faulkner
34.-F. Scott Fitzgerald
35.-Gustave Flaubert
36.- Sigmund Freud
37.-Robert Frost
38.-Federico García Lorca
39.-Johann Wolfgang von Goethe
40.-Nathaniel Hawthorne


41.-Ernest Hemingway
42.-Hugo von Hofmannsthal
43.-Homero
44.-Víctor Hugo
45.-Henrik Ibsen
46.-Henry James
47.-Samuel Johnson
48.-James Joyce
49.-Franz Kafka
50.-John Keats


51.-Soren Kierkegaard
52.-D. H. Lawrence
53.-Giacomo Leopardi
54.-Lucrecio
55.-Joaquim Machado de Assis
56.-Mahoma
57.- Thomas Mann
58.-Herman Melville
59.-John Milton
60.-Molière


61.-Michel de Montaigne
62.-Eugenio Montale
63.- Dama Murasaki
64.-Iris Murdoch
65.-Gérard de Nerval
66.-Friedrich Nietzsche
67.-Flannery O'Connor
68.-Walter Pater
69.-Octavio Paz
70.-Fernando Pessoa


71.-Alexander Pope
72.- Luigi Pirandello
73.-Platón
74.-Marcel Proust
75.-Rainer Marie Rilke
76.- Arthur Rimbaud
77.-Christina Rossetti
78.-Dante Gabriel Rossetti
79.-San Agustín
80.-San Pablo


81.-William Shakespeare
82.-Percy Bysshe Shelley
83.- Sócrates
84.-Stendhal
85.-Wallace Stevens
86.-Jonathan Swift
87.- Algernon Charles Swinburne
88.- Alfred Tennyson
89.-León Tolstoi
90.-Mark Twain


91.-Paul Valéry
92.-Luis Vaz de Camões
93.-Virgilio
94.-Edith Wharton
95.-Walt Whitman
96.-Oscar Wilde
97.-Tennessee Williams
98.-Virginia Woolf
99.-WilliamWordsworth
100.-William Butler Yeats

Los cien genios de la literatura según Bloom . Octavio Paz en la lista!

HAROLD BLOOM. Por qué estos cien?
Había planeado incluir muchos más, pero después me pareció que cien era suficiente. Aparte de aquellos que no se pueden omitir —Shakespeare, Dante, Cervantes, Homero, Virgilio, Platón y sus pares—, mi selección es completamente arbitraria e idiosincrática.
Ciertamente no se trata de la "lista de los cien mejores" ni a mi juicio ni al de nadie más. Yo quería escribir sobre ellos.


Dado que mi pericia sólo cubre el ámbito de la crítica literaria y, hasta cierto punto, de la religiosa, no hay nada en este libro sobre Einstein, Delacroix, Mozart o Louis Armstrong. Este es un mosaico de genios de la lengua, aunque Sócrates pertenece a la tradición oral y el islamismo afirma que Alá dictó el Corán a Mahoma.


Todo parece indicar que ahora vacilan quienes desestimaron el genio como un fetiche del siglo XVIII. El pensamiento grupal es la plaga de nuestra Era de la Información y su efecto es más pernicioso en nuestras obsoletas instituciones académicas, cuyo largo suicidio empezó en 1967.
El estudio de la mediocridad, cualquiera que sea su origen, genera mediocridad. Thomas Mann, descendiente de fabricantes de muebles, profetizó que su tetralogía de José perduraría porque estaba bien hecha. No toleramos mesas y asientos a los que se les caen las patas, sin importar quién los haya hecho, pero pretendemos que los jóvenes estudien textos mediocres, sin patas que los sostengan.


Este libro difiere de mi trabajo anterior en que sólo busco definir, de la mejor manera posible, el genio particular de mis cien personajes. He mezclado la crítica literaria y la biográfica, pero he eludido prácticamente del todo la perspectiva histórica.

Nadie se opone a contextualizar o a darle un trasfondo a una obra. Pero no me interesa disminuir la literatura, o la espiritualidad, o las ideas, con la excesiva determinación historicista.Las mismas fuerzas sociales, económicas y culturales producen simultáneamente obras inmortales y obras que no trascienden su propia época. Thomas Middleton, Philip Massinger y George Chapman compartieron los mismos recursos culturales que supuestamente modelaron Hamlet y El rey Lear. Las mejores 25 (de 39) piezas de Shakespeare son obras maestras. Dado que no sabemos cómo más explicar a Shakespeare (o a Dante, o a Cervantes, o a Goethe, o a Walt Whitman), ¿qué podría ser mejor que retomar el estudio del antiguo concepto de genio? El talento no puede ser original, el genio debe serlo.


¿Qué es el genio?

Dado que mi libro, al presentar un mosaico de cien genios auténticos, pretende proporcionar criterios para el juicio, me arriesgaré con una definición absolutamente personal del genio, una que quisiera ser útil en los primeros años de este siglo. Me parece problemática la presencia del carisma al lado del genio. De los cien personajes que aparecen en este libro, yo conocí a tres —Iris Murdoch, Octavio Paz y Ralph Ellison— que murieron hace relativamente poco. Más atrás, recuerdo encuentros breves con Robert Frost y Wallace Stevens. Todos ellos impresionantes de una u otra forma, pero carentes del brillo y de la autoridad de Gershom Scholem, cuyo genio era palpable a pesar de su ironía y de su fino sentido del humor.


William Hazlitt escribió un ensayo sobre las personas que uno hubiera querido conocer. Miro la lista cabalística en el contenido y me pregunto a quién escogería. El crítico Saint-Beuve nos aconsejó que nos preguntáramos a nosotros mismos: ¿qué habría pensado de mí este autor que estoy leyendo? Mi héroe particular entre estos cien es el doctor Samuel Johnson, el dios de la crítica literaria, pero no tengo el valor de enfrentar su juicio.


El genio hace valer su autoridad sobre mí cuando reconozco poderes mayores que los míos. Emerson, el sabio a quien intento seguir, reprobaría mi rendición pragmática, pero el genio de Emerson era de tal magnitud que él podía predicar la confianza en uno mismo. Yo mismo he enseñado durante 46 años y querría empujar a mis estudiantes hacia la emersoniana confianza en sí mismos, pero no puedo hacerlo y en general no lo hago. Aspiro a nutrir el genio en ellos, pero sólo puedo comunicar el genio de la apreciación. Ese es el propósito principal de este libro: despertar el genio de la apreciación en mis lectores, si puedo. (...)


El genio literario es difícil de definir y depende de una lectura profunda para su verificación. El lector aprende a identificar lo que él o ella sienten como una grandeza que se puede agregar al yo sin violar su integridad. Quizás la "grandeza" no esté de moda, como no está de moda lo trascendental, pero es muy difícil seguir viviendo sin la esperanza de toparse con lo extraordinario.


El descubrimiento de lo extraordinario en otra persona puede ser engañoso o delusorio: lo llamamos "enamorarnos" y el verbo debe ser considerado también una advertencia. Pero el hallazgo de lo extraordinario en un libro —ya sea en la Biblia, en Platón o en Shakespeare, en Dante o en Proust— siempre será beneficioso casi sin costo alguno. El genio en su expresión escrita es el mejor camino para alcanzar la sabiduría, y yo creo que en ello radica la verdadera utilidad de la literatura para la vida.


Cuando se le preguntó a James Joyce qué libro llevaría a una isla desierta contestó lo siguiente: "Quisiera responder que Dante, pero tendría que llevar al Inglés, porque es más suculento". El sesgo antiinglés del Joyce irlandés no se ha dejado de lado, pero su elección de Shakespeare es justa, razón por la cual él encabeza a los cien personajes de este libro. Aunque hay unos cuantos genios literarios que se acercan a Shakespeare —el Yavista, Homero, Platón, Dante, Chaucer, Cervantes, Moliere, Goethe, Tolstoi, Dickens, Proust, Joyce—, ni siquiera esta docena de maestros logran estar a la altura de la milagrosa representación de la realidad que logra Shakespeare. Gracias a Shakespeare vemos lo que de otra manera no podríamos ver, porque él nos ha hecho diferentes. Dante, el rival más cercano, nos convence de la terrible realidad de su Infierno y de su Purgatorio y casi nos induce a aceptar su Paraíso. Pero ni siquiera el más completo de los personajes de la Divina comedia, Dante el poeta peregrino, logra cruzar de las páginas de comedia al mundo que habitamos, como lo hacen Falstaff, Hamlet, Yago, Macbeth, Lear y Cleopatra.


La invasión de nuestra realidad por parte de los personajes principales de Shakespeare es prueba de la vitalidad de los personajes literarios cuando son el producto del genio. Todos hemos experimentado la sensación de vacío que nos deja la lectura de literatura popular, en la que encontramos nombres sobre una página pero no personas. Con el tiempo, sin importar cuántas alabanzas haya recibido, este tipo de literatura se vuelve anticuada y finalmente se convierte en basura. Es bueno saber que uno de los significados vigentes de la palabra inglesa character ("personaje") es el de señal o marca que se imprime, como una letra del alfabeto ("carácter"), pues refleja el posible origen de la palabra: el griego kharaktér, un estilo afilado o la marca de las incisiones del estilo. Character también quiere decir ethos, una actitud habitual ante la vida.


Hasta hace poco estaba de moda hablar de "la muerte del autor", pero también esto se ha vuelto basura. El genio muerto está más vivo que nosotros, así como Falstaff y Hamlet son mucho más vitales que muchas personas que conozco. La vitalidad es la medida del genio literario. Leemos en busca de más vida y sólo el genio nos la puede proveer.


¿Qué hace que el genio sea posible? Siempre hay un espíritu de la época y nos engañamos al permitirnos creer que lo más importante de una figura memorable es su relación con un período en particular. Esta falsa creencia, académica y popular, supone que todo el mundo está determinado por factores sociales. La imaginación individual se somete a la antropología social o a la psicología de masa y es minimizada gracias a las explicaciones.


Este libro se basa en mi convicción de que la apreciación es una mejor manera de comprender los logros que las explicaciones analíticas que pretenden dar cuenta de los individuos excepcionales. La apreciación puede enjuiciar, pero siempre con agradecimiento, y usualmente con reverencia y admiración.


Cuando digo apreciación no me refiero solamente a una "valoración correcta". La necesidad también interviene, en el sentido específico de recurrir al genio de otros para suplir una carencia en uno mismo, o de buscar en el genio un estímulo para los propios poderes, como quiera que éstos resulten ser.


La apreciación puede modular hacia el amor, incluso en la medida en que la propia conciencia de un genio muerto aumente la conciencia misma. El anhelo más profundo de nuestro yo solitario es la supervivencia, ya sea en el aquí y el ahora o en el más allá. Crecer gracias al genio de otros supone ampliar las posibilidades de supervivencia, al menos en el presente y en el futuro inmediato.


No sabemos por qué ni cómo es posible el genio, sólo que ha existido —para nuestro formidable enriquecimiento— y que quizás (cada vez menos) sigue apareciendo. Aunque en nuestras instituciones académicas pululan los impostores que proclaman que el genio es un mito capitalista, me contento con citar a León Trotski, quien urgió a los escritores comunistas a que leyeran y estudiaran a Dante. Si el genio es un misterio de la conciencia capaz, lo que resulta menos misterioso al respecto es su conexión íntima con la personalidad, más que con el carácter. La personalidad de Dante es repelente, la de Shakespeare, elusiva, en tanto que la de Jesús (como la del Hamlet ficticio) parece revelarse en forma diferente a cada lector u oyente.


¿Qué es la personalidad? Hoy, ¡ay!, la usamos como un sinónimo muy popular de celebridad, pero yo quisiera alegar que no podemos ceder la palabra al reino de la chismografia. Cuando sabemos lo suficiente sobre la biografía de un genio en particular, entonces entendemos lo que se quiere decir con la personalidad de Goethe, o de Byron, o de Freud, o de Oscar Wilde. Por el contrario, cuando nos falta familiaridad con la biografía, hablamos unánimemente de nuestra incertidumbre en torno a la personalidad de Shakespeare, cosa que es una gran paradoja porque es posible que sus obras hayan inventado la personalidad —o al menos nuestra comprensión inmediata de la misma—. Si tuviera que hacerlo, podría escribir un libro sobre la personalidad de Hamlet, Falstaff o Cleopatra, pero no emprendería un libro sobre la personalidad de Shakespeare o de Jesús. (...)


El término "genio" ya no es un favorito de los académicos, muchos de los cuales se han convertido en raseros culturales inmunes al asombro. Pero en cambio la idea del genio sigue siendo bastante popular entre el público, aunque la palabra misma parezca un poco gastada. Tenemos necesidad del genio, aunque nos produzca envidia o incomodidad a tantos de nosotros. Esta necesidad no supone que aspiremos al genio y sin embargo, en el fondo, recordamos que tuvimos, o tenemos, un genio. Nuestro anhelo de lo trascendental y de lo extraordinario parece formar parte de nuestra herencia común y nos abandona con lentitud y nunca enteramente.


Afirmar que la obra está en el escritor o que la idea religiosa está en el líder carismático no es una paradoja. Sabemos, por ejemplo, que Shakespeare era un usurero. Shylock también lo era, ¿pero acaso eso contribuyó a que El mercader de Venecia no dejara de ser una comedia? No lo sabemos. Pero al buscar la obra en el escritor buscamos su influencia y su efecto en el paso de Shakespeare de la comedia a la tragicomedia y a la tragedia. Vemos a Shylock opacando a Shakespeare. Al examinar los efectos en la figura de Jesús de sus propias parábolas conducimos una exploración paralela.


La palabra "genio" tiene dos significados antiguos (romanos) que se diferencian en el énfasis. El uno es engendrar, hacer nacer, ser, en suma, un pater familias. El otro se refiere al espíritu tutelar de cada persona, de cada lugar: un genio bueno, o uno maligno, es aquel que, para bien o para mal, ejerce una poderosa influencia sobre alguien más. Este segundo significado ha sido más importante que el primero; nuestro genio es, por tanto, nuestra vocación o nuestro talento natural, nuestro poder intelectual o imaginativo congénito, más que nuestro poder para engendrar poder en otros.


Todos hemos aprendido a diferenciar, con firmeza y decisión, entre el genio y el talento. Clásicamente el "talento" se refería al peso o a una suma de dinero y por tanto, sin importar cuán grande, era necesariamente limitado. Pero el "genio", incluso en sus orígenes lingüísticos, no tiene límite.


Hoy en día existe la tendencia a considerar que el genio, a diferencia del talento, es la capacidad creativa. Froude, el historiador victoriano, afirmó que el genio "es una fuente en la cual siempre hay más detrás que lo que mana de ella". Estéticamente, entre los ejemplos más sobresalientes del genio estarían Shakespeare y Dante, Bach y Mozart, Miguel Angel y Rembrandt, Donatello y Rodin, Alberti y Brunelleschi. Resulta mucho más complejo tratar de confrontar los genios religiosos, en particular en un país obsesionado con la religión como Estados Unidos. El afirmar que Jesús y Mahoma fueron (además de otras cosas) genios religiosos querría decir que los consideramos, sólo en ese sentido, emparentados entre sí, con Zoroastro y el Buda, y con figuras seculares del genio ético como Confucio y Sócrates.


Uno de mis objetivos en este libro es definir el genio con mayor precisión de la lograda hasta ahora. Otro es defender la idea de genio, muy maltratada en la actualidad por detractores y reduccionistas, desde los sociobiologistas hasta los materialistas de la escuela del genoma, incluyendo a los diversos historiadores. Pero mi meta primordial es aumentar nuestra apreciación del genio y demostrar cómo se engendra invariablemente gracias al estímulo del genio previo más que por los contextos culturales y políticos. El libro enfatizará primordialmente la influencia del genio en sí mismo de la que ya hablamos.


Mi tema es universal, no tanto por la existencia del genio y su recurrencia sino porque el genio, no importa cuán reprimido, existe en tantísimos lectores. Emerson pensaba que todos los estadounidenses eran poetas y místicos en potencia. Genios no enseña cómo leer ni a quién leer sino cómo pensar en las expresiones más creativas de las vidas ejemplares.